TEMBLÓ LA TIERRA Y ELTSUNAMI SE TRAGÓ EL MUERTO…

Estaba de visita en la ciudad de Mayagüez para mediados del mes de diciembre de 1918.  Fui a celebrar el rosario del difunto Javier, marido de mi hermana menor Amelia, la cual daría cristiana sepultura a este don Juan Tenorio. Al parecer, nosotras no tuvimos suerte como desposadas. Quedamos enlutadas bien jovencitas. Amelia tenía su vivienda cerca de la playa, una preciosa casita de madera con un patio abarrotado de gallos y gallinas. Al difunto le apasionaba las peleas de gallos y su rostro en el ataúd parecía el de un gallo a punto de saltar al ruedo de pelea. Me acuerdo como ahora. Todas cantando el rosario… Ave María Purísima. A coro, mi hermana, sus vecinas y yo repetíamos sin parar las famosas letanías. De pronto un ruido nos paralizó, no solo la voz, sino el corazón. Un zumbido que parecía salir del mismísimo centro del Infierno.

¡Temblor! Todo comenzó a brincar.  Era casi imposible mantenerse de pie.  Las puertas y ventanas se desprendían con una facilidad increíble. Comenzaron los gritos, los nervios no nos permitían abrir la boca para decir palabra. Mi lengua jugaba con la saliva y se me atragantó la mascadura de tabaco. Todos corrían de un lado a otro. Agarré fuertemente a mis dos hijas. El balcón de la casa se tambaleaba sin cesar y gemía como una gata en celo. El pobre difunto se salió de la caja como cuando se escurre sin querer una libra de pan de su envoltura. El ataúd se hizo pedazos. Salimos despavoridas de la casa, cada una con sus hijas para buscar un lugar seguro. La orilla de la playa estaba repleta de peces suplicando oxígeno. ¿Moribundos? Era una escena de terror, el mar se fue alejando. El horizonte parecía que se devoraba la costa con todo y arena. El mar se retiró hasta dejar seca la ribera. En el horizonte se distinguía una inmensa pared de agua que crujía como una  criatura endemoniada en el medio del océano…  ¡escupiendo espuma, sal y arena a borbotones! Corrimos con las niñas hasta el cerro más alto que se encontraba a cien pasos de distancia. La casita de mi hermana se la llevó la marejada y se tragó hasta el muerto. No pueden imaginarse con la furia con que el mar golpeó esas frágiles casitas. Mi hermana no pudo ofrecer un santo sepelio al difunto. Nunca apareció el cuerpo de mi cuñado por más que buscaron. La tierra y el mar conspiraron para llenarnos la vida de tristeza. Dicen algunos jíbaros que fue una maldición por lo mal que los puertorriqueños nos portamos con los conquistadores españoles.

Jamás regresé al pueblo de Mayagüez. No me quedó gusto para volver a ese lugar. El pueblo estaba seriamente afectado. La iglesia, el Banco Colonial y Aduana, la Oficina del Correo, el Hospital Municipal, la Central Telefónica, la escuela y la mayoría de las calles quedaron inservibles. El puente de la salida al pueblo de Añasco se derrumbó. La miseria y la desolación invadieron el escenario. Dos meses duró la restauración de la casita de Amelia. Varios años más en desterrar el susto de sus costillas…

Nota aclaratoria: Esta historia no sé si es verídica, mi abuela materna la contó con mucha pasión frente a mi grupo de primer grado hace casi 50 años.

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About edwincolonpagan

Autor del libro "Mi Peor Enemigo Soy Yo". Pintor, cuentista, planificador profesional, profesor universitario y motivador. 101% Puertorriqueño.
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