Cuento corto: VIDA DE PERRO

dogo-argentino1

dogo argentino, ilustración sacada de la Internet

La reja que lo separa del rocío y la vegetación tiene doce barrotes. Los cuenta todos los días sin interrupción para evitar enloquecer en el monasterio. Medita con el Creador en puro éxtasis confundiendo los barrotes con liras o con chorros simétricos de lluvia. No sé por qué esta allí, si entró por voluntad o por seducción. Después de seis meses de tortura pienso que está arrepentido. Y su fe permanece abatida ante la interminable noche oscura.

¿Por qué no son efectivas sus plegarias? ¿Es honesto? ¿O es que al fin y al cabo este Ser Supremo no entiende sus ladridos? Es cierto, no debe quejarse, tiene suficiente agua y comida en esa mazmorra. La poca iluminación y la planta física del lugar son miserables. El olor a basura inunda sus fosas nasales, resaltando algunas huellas de sangre en varias losetas…

Ya es sábado de madrugada. Por fin termino mi guardia en el hospital, comparto con mis colegas e inundo mi cabeza con una sobredosis caliente de tequilas. Llego al vecindario. Capitán, el perro del vecino, luce triste, debe ser que padece de la misma enfermedad que mi hermano el sacerdote: claustrofobia. Roberto vive igual de angustiado que este perro desde su entrada a la hermandad religiosa.

El perro no deja de ladrar y cientos de movimientos involuntarios lo hacen temblar como un desquiciado. No hay otra, si yo fuera su dueño, no se pasaría encerrado en esa cárcel a domicilio. Esclavizado en contra de su naturaleza, eternamente amarrado. Es un dogo, el mejor perro de caza del mundo, y le han puesto una sotana con todo y rosario para confundirlo. Vive encerrado veinticuatro horas, siete días a la semana,  ¿y cómo mis vecinos lo compraron para ser la mascota de su hijo? Permanece detenido en un balcón enrejado, repleto de escombros sin suficiente espacio para respirar. Lo abandonan por todo un fin de semana, y lo rescatan los lunes en la noche, apestoso, casi moribundo de pelear con su propio rabo. ¡Vida de Perro! No podía estar más acertado este estribillo coloquial.

Mi abuela siempre decía: “El hábito no hace al monje”. Por más que lo quieran disfrazar de fraile sus poderosas mandíbulas son dignas de temer. Es inverosímil lo que estoy viendo, no sé si son los tragos de tequila los que están perturbando mi cerebro. Capitán decide beberse a falta de vino, el aceite de carro viejo dejado al descubierto por semanas. También se come los cartones de las cajas de archivos desechadas por sus dueños. ¡Tremenda parrillada argentina! La Última Cena del siglo, con sus doce apóstoles como sus inseparables custodios, y sin un Cristo para absolverlo. Yo permanezco borracho entre los arbustos que no me dejan mover los pies. Las pupilas de Capitán se achican y sus párpados se cierran con nostalgia. Pierde el sentido ante la entrada voluntaria del elixir venenoso por sus venas.

Ojalá que esto solamente sea una alucinación causada por mi borrachera.

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About edwincolonpagan

Autor del libro "Mi Peor Enemigo Soy Yo". Pintor, cuentista, planificador profesional, profesor universitario y motivador. 101% Puertorriqueño.
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One Response to Cuento corto: VIDA DE PERRO

  1. Dianette says:

    Tu abuelita tiene razon… lo siento.. pero ..

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